ENSAYO SOBRE EL MACHISMO INVISIBLE
*Por Marina Castañeda
Ellas dicen: “mi marido no tiene nada de machista, no me golpea, ni es mujeriego; me deja trabajar y hasta salir con mis amigas sin problema. Aunque eso sí, no le gusta cuando llega a la casa y no estoy, o si necesita algo y no me encuentra”. Ellos declaran: “yo no soy machista: quiero que mi mujer trabaje y haga lo que quiera…claro, mientras no descuide la casa”. Por supuesto, esta última aclaración lo dice todo. Aquí, como en tantas situaciones, el problema está en los detalles. No hay duda en que la situación de las mujeres ha mejorado en los últimos treinta años. En México, por ejemplo, la escolarización promedio de ellas ha aumentado; la tercera parte de la población femenina trabaja fuera de casa, y uno de cada cinco hogares es dirigido por una fémina. Pero que la situación haya cambiado no es suficiente, si mientras tanto no han evolucionado las costumbres, las formas de pensar y las actitudes, tanto de ellas mismas como de los hombres. El machismo tradicional ha perdido, ciertamente, algo de su aceptación social: entre las clases medias y altas, urbanas y educadas, ya no se tolera que los hombres golpeen a las mujeres, las encierren en sus casas, les prohíban trabajar, ni que las obliguen a tener relaciones sexuales en contra de su voluntad. Estas expresiones físicas del machismo tradicional son cada vez más cuestionadas y condenadas socialmente, aunque todavía sobrevive, por supuesto, sobre todo en los medios rurales y populares. Pero aun cuando desaparecen las expresiones físicas del machismo, éste subsiste bajo otras formas más sutiles, más bien psicológicas, que se ocultan en los gestos, las palabras y las actitudes de la vida diaria: un machismo invisible que pocos cuestionan, porque parece natural, porque está inscrito en las creencias y costumbres que todos, hombre y mujeres, aprendemos desde la más temprana infancia.
El primer pilar de este rasgo invisible está en las definiciones mismas de la masculinidad y la feminidad. En una sociedad machista, el ser varón no basta; los hombres necesitan demostrar que son además “muy machos”. Más allá de su sexo biológico, deben probar, en todos los aspectos de la vida, que son verdaderos hombres, y la mejor manera es a través del dominio de “sus” mujeres, asumiendo conductas y actitudes lo más alejadas posible de lo que se considera femenino. Así, los “verdaderos hombres” no deben llorar, ni mostrar miedo, ni ser sentimentales, porque éstas se consideran actitudes poco viriles, mujeriles. En esta visión, ser hombre es ser lo opuesto de la mujer.
En la vida afectiva, por ejemplo, hay sentimientos y gustos propios de ellos, y otros de ellas; existe una línea que no debe cruzarse. A un hombre muy macho no debe gustarle la ópera, las flores ni la danza, porque corre el riesgo de ser visto por sus congéneres como afeminado. Asimismo, las segundas no deben enojarse ni ser demasiado asertivas, ni tomar iniciativas o decisiones propias; no deben gustarle los deportes rudos ni los pasatiempos considerados como masculinos, si no quieren ser tildadas de “hombrunas”. Esta división radical entre lo masculino y lo femenino, esta polarización de roles y funciones, atraviesa todas las áreas de la vida: en una sociedad machista, existen “trabajos de hombre y de mujer”. Los primeros son todos aquellos asociados con el poder: la política, las finanzas, la información, los negocios, el manejo de las máquinas…los segundos son todas las labores vinculadas con el cuidado de los demás, especialmente los niños: la enseñanza, la enfermería, los servicios, atender a la gente. Las mujeres que se atreven a incursionar en áreas “masculinas” son mal vistas, y lo mismo sucede con los caballeros que quieren dedicarse a trabajos considerados poco viriles.
Esta clara definición entre lo masculino y lo femenino produce mitades de seres humanos: hombres que no saben cocinar no coser; mujeres incapaces de cambiar un fusible. En una sociedad machista, ellos sólo saben hacer “cosas de hombres”, y ellas “cosas de mujeres”. Esto conduce a una ineptitud generalizada y a una dependencia malsana, en la cuál los hombres no saben desenvolverse sin hombres, y éstos son incapaces de vivir sin una fémina que los atienda. También significa que ambos tienen poco en común, porque sus áreas de interés son tan alejadas y poco compartidas que acaban por aburrirse mutuamente: a ellos no les interesan las cosas de ellas ni viceversa. Asimismo, conduce a una división del trabajo que resulta poco cooperativa: en vez de ayudarse el uno al otro, optan por defender sus respectivos territorios. Ellos no permiten que ellas manejen el dinero; ellas desconfían de que ellos puedan hacerse cargo del bebé.
Otro pilar del machismo invisible es el dominio psicológico de hombres sobre mujeres, que se traduce en posesividad, control, intimidación y descalificación, sin contar la doble moral ubicua y persistente. Los hombres vigilan a sus mujeres; las celan y no les permiten tener cercanía con otros de su mismo sexo, ni en el trabajo, ni en el entretenimiento, mucho menos en la amistad. A su vez, las mujeres les prohíben a los hombres tener amigas. Pero las situaciones no son recíprocas, porque ellos tienen una libertad de movimiento infinitamente mayor; mucho más que ellas, y pueden salir a donde quieran, con quien gusten y gastar lo que quieran, sin tener que rendirle cuentas a nadie.
En cambio, las féminas generalmente tienen que explicar sus salidas, justificar sus amistades, regresar temprano, dar cuenta de su tiempo libre y de sus gastos aun cuando cuentan con un ingreso propio. El problema no es que la gente haga lo que quiera; reside en que hombres y mujeres tengan derechos y libertades tan disparejos en la vida diaria. Esta asimetría, como muchas cosas, constituye una de las bases del machismo invisible. El control masculino tiene muchas formas, y suele disfrazarse de protección.
Cuando un hombre prefiere que su mujer no salga de su casa por la noche, o le exige que deje dicho dónde va a estar, es porque “no quiero que te pase algo”. Cuando le habla cada segundo al celular, no es para celarla, sino para saber “si estás bien”. Pero en esas llamadas aparentemente inocuas, suelen filtrarse comentarios como “ya es tarde, ya vente”, o “ya te estoy esperando en casa”, o “¿por qué te estás tardando tanto?”. La prueba de que se trata de control y no de protección está en el hecho de que ese mismo hombre jamás le permitiría a su esposa hablarle constantemente a su teléfono celular con este tipo de comentarios.
La intimidación que ejercen muchos hombres parece tan natural que poca gente la cuestiona. Cuando una mujer dice “es que mi marido (o mi papá, o mi jefe) es muy especial”, se refiere de hecho a un grupo de conductas y actitudes intimidatorios. Los hombres exigentes, impacientes, enojones, autoritarios, en realidad utilizan maniobras de poder aprendidas desde muy chicos, cuando se dieron cuenta que las mujeres están para atenderlos. Saben perfectamente como imponer su voluntad, y lo hacen de muchas maneras. De repente se ponen de mal humor, se muestran aburridos, se rehúsan al diálogo, y para cancelar cualquier negociación, declaran: “es que yo así soy, ¿qué quieres que haga?”. También manipulan a las mujeres a través del silencio. Los hombres machistas lo usan para someterlas, a veces para castigarlas, y ante todo para transferirles el trabajo de la comunicación: al no hablar, las obligan a adivinarles el pensamiento, a adelantarse a sus deseos, a tratar de contentarlos. En realidad, los hombres “especiales” no tienen nada de eso: son todos iguales, porque aprendieron desde chicos que todas estas actitudes son singularmente eficaces para dominar a las mujeres.
La descalificación es otro pilar del machismo invisible. Los hombres que no escuchan, o no responden a las mujeres, que hacen caso omiso de su opinión y las critican constantemente, logran a la larga amedrentarlas. Éstas acaban por perder su autoestima; se vuelven indecisas, temerosas y dependientes, no logran llevar a cabo sus proyectos y dudan de sí mismas. Sufren de una depresión crónica que no entienden (“si lo tengo todo, ¿por qué me siento tan mal?”), y acuden a terapia o a libros de autoestima porque piensan que el problema está en ellas. No se dan cuenta de efectos graduales e intangibles de la descalificación permanente por parte de sus esposos, jefes, hermanos, y en ocasiones hasta de sus hijos. La doble moral es también una de las principales manifestaciones del machismo invisible, pues establece reglas diferentes para hombre y mujeres, al prohibirles conductas no sólo permitidas, sino deseables en ellos. Este comportamiento se expresa ante todo en el campo sexual, donde la experiencia, la pericia y la iniciativa son apreciadas en el hombre y mal vistas en la mujer. Pero es ubicua: en la comunicación, el trabajo, el entretenimiento, el manejo del dinero, lo permitido en ellos es condenado en ellas.
Lo curioso del machismo invisible no es sólo que exista, sino que parezca tan natural. Solemos pensar que los hombres y las mujeres “son así”, y no nos preguntamos por qué. Nos parece normal que ambos desconfíen unos de otros, que compartan poco sus respectivas actividades y que exista entre ellos tanto desconocimiento. Nos parece normal que los hombres declaren: “que nadie entiende a las mujeres”, y que éstas consideren a los hombres incapaces de comunicarse adecuadamente. Pensamos que ellas están biológicamente programadas para ocuparse del hogar, y ellos del trabajo y el dinero. Se nos hace natural que las mujeres atiendan a los hombres, y no viceversa; que ellos tengan el derecho de hacer lo que quieran, sin consultar a nadie, mientras que ellas deben rendir cuentas. Asimismo, la división entre los roles femenino y masculino nos parece biológica, cuando basta con asomarse a otros países, sobre todo en Europa, para ver que la situación puede ser muy diferente. En las sociedades donde existe una equidad de género, hombres y mujeres comparten sus ocupaciones e intereses, tienen gustos y actividades en común, y son aliados en lugar de llevar vidas separadas. El machismo no sólo es injusto y económicamente ineficiente, sino que nos condena a una gran soledad. No cabe duda que desaparecerá, como ha sucedido en los países más desarrollados, pero sólo si lo combatimos en todas las áreas de la vida cotidiana.
*Tomado de la revista Conozca Más, edición de Abril de 2004.*

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